Diosa de la noche

Aún en la oscuridad podía ver el brillo ocre de su morena piel. En aquella oscuridad, podía escuchar el acelerado latir, y antes de darme cuenta, ya me estaba comiendo a besos. Sus besos debían de ser del mismísimo Belcebú, porque ardían más que el infierno en mi piel. Mis impacientes manos sujetaron su delicada cintura como si nunca más volviesen a sujetar nada.
Allí en lo oscuro, con esa reina de ébano que me apresaba en su fuego, descansaban sus curvas en mis manos, su cuerpecillo de gitana se abalanzaba sobre mi, acercando su cintura de avispa. Mis caricias se extendían por todo su cuerpo como si en cualquier momento se fuera a desvanecer.

Caí en su red! Y con que placer caí! Entre esas muñecas de porcelana y sus dedos de cristal. Estábamos pegados como el abrazo mortal de dos serpientes. Aquel bombón que rozaba lo imposible se derretía en mis brazos. Cubría mi cuerpo de besos, dejando por todo mi cuerpo su sello de amor. Sus ojos eran para mi y los míos solo alcanzaban a sujetar su mirada, alucinados ante aquella escultural mujer de curvas frágiles y ardiente cintura.

Me ardía todo el cuerpo y mi corazón era un bosque en llamas, imposible de apagar.

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