Azul

No existe como color y por esto no podemos verlo, sino solamente sentirlo. Pongamos por ejemplo el color azul marino, el azul del mar, proveniente de los lapislázulis de Afghanistan en el pasado, que la mayoría de las veces era un color tan raro y precioso que solamente se podía ver en las pinturas que representaban velos de alguna virgen o en los ojos de algún santo. Un color precioso que solo era utilizado por algo sagrado, para darle más importancia que a algo pintado de oro. Este azul marino es tan evanescente que en inglés simplemente está traducido por ultramarine, sin poner la palabra azul, para enfatizar que el azul es una sensación y no un color. El simple término ultramarine, permite imaginar este color azul, sentirlo. En los escritos de los antiguos griegos el mar era violento, calmo, reflexivo pero nunca azul. Si lo pensamos bien, el azul del mar, o el azul del cielo, no son colores. El azul del mar creado por el efecto de la profundidad marina, del agua, esencialmente transparente, da esta sensación de profundidad, de obscuro cuando el mar es alto, o cristalino, cuando podemos mirar nuestros pies caminando dentro. Pero este azul siempre es más una sensación que un color definido como puede ser el verde de la hierba, el marrón de un árbol o el rojo de una adormidera.

Este azul del mar es una sensación de profundidad, de obscurecimiento, de remoto, de nocturno, y también de tristeza. Es parte del ocaso, de lo obscuro, es a la vez romántico y solitario. Profundo porque decimos frases como “Siento en el más profundo de mi corazón que te quiero”. Como si tuviéramos algo profundo en nosotros donde encontrar estos sentimientos propios, como se encuentran tesoros bajo el mar. Propio porque no se trata de un color definido, claro, de muy fácil comprensión, sino todo lo contrario, una continua gradación de múltiples colores y factores. Pero naturalmente lo que esta persona mayor, sentada en este banco, percibe es el azul, una vasta gama de azules, que determina este azul, esta tristeza en sus ojos. Azul del mar que se mezcla con el azul del cielo, o mejor, que continúa. Este azul del cielo que, por supuesto, es creado esta vez no por el agua sino por el aire, por la atmósfera. La distancia entre el sujeto y el infinito está calculada por este azul. Este azul que nos rodea y que lo sentimos dependiendo siempre de cuánto cielo nos ahoga en este momento continuo que llamamos vida. Es por este motivo que sentimos el azul, aunque no exista. Y por esto sentimos la tristeza, aunque no exista. Y por esto, podemos afirmar, sentimos amor, odio, nostalgia o melancolía, aunque estas emociones no existan tal como no existe el azul.

Simone Belli

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