La vendimia de sangre

En la hipnótica selva de mi alma,
donde anudan sus cópulas los lobos,
donde teje su red la araña negra
i suda sus ponzoñas el euforbio,
está un gallardo paladín, herido
por la doble amenaza de tus ojos:
tiene abiertos los hierros de la cota
i en dos partido su blasón histórico,
zodiacal simulacro que domina
con su alto vuelo un gerifalte heroico.
Ese es mi corazón, el Maldiciente,
el que canta a los cielos tenebrosos
donde lloran en fuego las estrellas,
donde trazan fatídicos horóscopos
los cometas de cola formidable,
que abren la maravilla de su ojo
como enormes pescados del abismo.
Ese es mi corazón hinchado de odios,
como un estuche de terribles joyas
ávidas de punzar tu cuerpo de oro.

En las tinieblas cómplices perpetra
la vieja Eternidad alguna infamia.
Impresionando legendarias cítaras,
sueña en azul un ritmo de Alemania.
Hai felices allí; damas que lucen
el pudor insolente de sus gracias
i mancebos de vértebras pulidas
como engrasados ejes de bisagra.
Desfallecen las rosas ilusorias;
la noche se ha manchado de fragancias,
como una gran leona sometida
que acepta las pulseras de sus zarpas.
Hai un clarín que aúlla en las tinieblas
estridencias de cobre, que desgarran
el triste viento, como un perro triste,
que llora a su hembra ante la luna impávida.
Esta es la noche de mis largas penas,
de mis penas tan hondas i tan largas,
que en ella han completado mis otoños
su laboriosa floración de canas.
Ven a ver cómo sufro! cómo irritan
el humor deleitoso de mis llagas,
esas bocas que ríen risas negras
bajo el frío albayalde de las máscaras!
Hiéreme más con tus agudos ojos,
despliega en mí tu tiranía de águila,
(oh mi novia espectral que los jardines
en sábana de aromas amortajan!)
I cuando hundido en la imponente noche
como el escombro de una altiva estatua,
naufrague mi cerebro de un ensueño,
yo exaltaré el cariño de tus garras,
como aprieta el cilicio a sus riñones
el lujurioso asceta en sus batallas.

¡Oh, la divina prenda de tus besos,
i la flor de tu carne en la mortaja,
i el olor de tu piel bajo mi boca,
i el valor de tu sangre i de tus lágrimas!
¡Oh, sufrir como un dios que se estremece
de vergüenza i amor entre las garras
de una pantera virgen i asesina,
por su senil divinidad amada!
Oh, gemir con el ansia inextinguible
de tus fluidos abrazos, con el ansia
de tu carne invadida por la piedra
de la virginidad fría i nostálgica!
¡Oh, sentir que en la espalda envilecida
asienta el querubín sus pies de plata!
i que tus pies de querubín se asientan
en la vil actitud de mis espaldas!…

Leopoldo Lugones

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